EDITORIAL EL SIGLO




¿Dónde está en realidad la abstención? Editorial "El Siglo", viernes 23 de noviembre.

Tan urgente como “limpiar” el padrón electoral de fallecidos y excluidos por “pena aflictiva” y ciertamente posibilitar el voto de los compatriotas que residen en el exterior y a los que es absurdo e insultante exigirles prueba de “chilenidad”, es devolverle al “soberano” su indiscutible potestad a la hora de  decidir sobre su futuro.

 

 
 
 
 
Parece ya un dato inamovible que las elecciones parlamentarias del próximo año se realizarán en plena vigencia del aberrante sistema electoral impuesto por la dictadura.
 
Tras el impacto producido por la alta abstención ciudadana en las elecciones municipales recientes, habría sido esperable que la auto denominada “clase política” hubiera extraído lecciones de mayor envergadura que las que vemos circular  estos días en dependencias de gobierno y pasillos partidarios.
 
La publicitada “ley de primarias” puede tener muchos méritos, pero apenas si roza la institucionalidad política.
 
La imperiosa necesidad de una severa revisión del padrón electoral, no puede reemplazar por sí sola la consideración y superación de otros condicionamientos que afectan al núcleo mismo del sistema electoral.
 
Una mirada somera al panorama de hoy indica, al menos, la siguiente, por decirlo suavemente, anomalía: un distritaje hecho a la medida de la derecha, mediante el cual el “costo en votos” de un diputado o senador de la “Alianza” es claramente inferior al de los elegidos por los otros partidos.
 
Sostiene el gobierno que está dispuesto a recibir propuestas para superar el binominal, pero advierte que desde la oposición no hay “propuestas concretas”. Pregunta: si la derecha gobernante está “dispuesta” a corregir el sistema electoral, ¿no debería, ella, tener una “propuesta”?
 
Escuchando a los próceres de la derecha, es difícil obtener una mínima claridad respecto a sus posiciones.
 
El argumento central y recurrido de los discursos de la llamada “centro derecha”, es que el binominal “garantiza la gobernabilidad”.
 
Hace algunos días tuvo el país una muestra de ello. Por 63 votos contra 23, la cámara de diputados “aprobó” la reforma que establecía la elección de los Cores (Consejeros regionales) por el voto ciudadano. La realidad fue que por 23 votos contra 63, la cámara de diputados “rechazó” esa reforma.
 
Es que para la derecha, por cierto bien “pinochetista”, gobernabilidad es sinónimo de gobierno de la minoría.
 
Entonces, tan urgente como “limpiar” el padrón electoral de fallecidos y excluidos por “pena aflictiva” y ciertamente posibilitar el voto de los compatriotas que residen en el exterior y a los que es absurdo e insultante exigirles prueba de “chilenidad”, es devolverle al “soberano” su indiscutible potestad a la hora de  decidir sobre su futuro.
 
Entre las alternativas que a la hora de una discusión puramente bizantina se lanzan al ruedo de las polémicas sin destino, está el confeccionar distritos que elijan un solo diputado, copiando así modelos de países con tradiciones y realidades absolutamente distintas a las nuestras. No es imposible, pero ¿cuál sería el propósito? ¿Tendría nuestro país que hacerse semejante a aquellos en donde, como en Inglaterra o en Estados Unidos, impera un sistema bipartidista (bastante vulnerado en Inglaterra, a decir verdad, en los últimos años), y que corresponde a una realidad y tradición del todo diferente?
 
“Leyes orgánicas constitucionales” “quórums calificados”, un Tribunal Constitucional que puede de una plumada dejar sin efecto decisiones del parlamento, son algunas de las “joyas de la corona” de un sistema electoral diabólicamente diseñado e impuesto por la dictadura y que este país -y eso sí es una “vergüenza nacional”- no sido capaz de corregir y superar.
 
Para hablar claro y simple, no es la ciudadanía la gran “abstinente” en nuestra democracia en nada representativa: es la derecha, son lo albaceas del pinochetismo, los que marcan las mayores cuotas de “abstención democrática”.

 

Editorial de El Siglo. Edición 1580 del 14 de octubre de 2011

 

Gobernar ¿es reprimir?

  

¿Cuál es el sentido de la palabra “nación”, o “patria” o “territorio compartido”? ¿Qué es y cuáles son las funciones del estado, entendido como la forma superior de organización de un conjunto humano constituido en “sociedad”? ¿A qué nos referimos cuando decimos “ciudadanos”?

 

¿Por qué habría de ser “obedecido” el estado, o dicho en otros términos, en dónde residiría su legitimidad?

 

Una primera respuesta a tales interrogantes habría que buscarla, creemos, en la necesidad de una forma de relacionarse entre sí de quienes comparten una morada vital: su país.

 

Al nacer, cada uno adquiere por ese sólo hecho una nacionalidad y todo lo que ella representa: lengua, o lenguas; historia, tradiciones. Y con todo ello, una pertenencia común, que necesariamente implica ciertos códigos solidarios.

 

¿Qué deberes implica para cada uno y cada una el ser miembro de una comunidad organizada? ¿Y cuáles son hacia ellos y ellas los deberes de esa comunidad organizada?

 

Vivimos en nuestro país en estos días debates de hace muy poco tiempo impensable intensidad, en torno precisamente a estas cuestiones vitales.

 

Reclaman los jóvenes, del estado, una educación, “gratuita” dicen, y de calidad. Y se les responde que tales demandas carecen de fundamento, que nos les asiste tal derecho, que son imposibles.

 

Y, entonces, los jóvenes, y con ellos la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país se preguntan: ¿y qué nos da el estado, qué nos garantiza, qué nos da Chile?

 

Dicho en otras palabras: ¿para qué existe una sociedad organizada, un estado, si no es para proveer…?

 

Cumple sus deberes el habitante del territorio, aun antes de alcanzar la edad adulta: respeta los semáforos, paga impuestos por cada litro de leche y cada kilo de pan, se comporta “civilizadamente” en los espacios públicos, acata leyes y reglamentos, se somete a la justicia; participa, cuando es su decisión, en las organizaciones sociales y políticas que la propia institucionalidad le permite; se identifica con “los emblemas patrios”, enarbolando sus banderas en los días señalados; es respetuoso y tolerante ante las diversidades de cualquiera naturaleza, etc., etc.

 

Es decir, si hay algún “pacto social”, el ciudadano simple y anónimo lo cumple escrupulosamente.

 

Y, entonces, el estado lo acoge y lo tiene como suyo.

 

¿Y qué más? Es decir, ¿qué más le ofrece el estado al simple ciudadano, que no sea “reconocerle” sus deberes?

 

Pide y espera el simple ciudadano que el estado le provea educación, y el estado se la niega porque la considera “mercancía”, “bien de mercado”.

 

Espera y reclama salud, y el estado se la niega o la restringe, se la mezquina, porque ella también es “una mercancía” disponible en el mercado.

 

Espera el ciudadano vivienda digna y confortable, y el estado, por las mismas razones, se desentiende y se la niega.

 

Aspira el ciudadano común a la seguridad en hogares, barrios y poblaciones, y el estado, por un criterio de clase que privilegia a los sectores “acomodados”, se la niega.

 

Quiere circular por calles y carreteras este ciudadano común, pero las halla concesionadas o entregadas a los intereses de un transporte público deficitario y privado.

 

Aspira a una mejor calidad de vida, pero el estado se desentiende y entrega los servicios de utilidad pública –energía para sus hogares, servicios sanitarios, agua potable- a los inversionistas privados.

 

Espera el ciudadano común que le garantice el estado su seguridad, y el bienestar para el término de su etapa laboral, pero el estado ha entregado los ahorros de los trabajadores a grandes consorcios que hacen de ellos un objeto de lucro.

 

Anhela el ciudadano común un medioambiente limpio y no contaminado, y el estado se lo niega en nombre de la sacrosanta “libertad de mercado”.

 

Y, entonces, una vez más: ¿qué le ofrece, qué le garantiza y qué le da el estado al ciudadano simple y anónimo como no sea, y ello está hoy cada vez más a la vista, la represión?

 

En algún pasaje de nuestra historia se atribuyó al estado la función de fomentar la producción, y hasta se proclamó “gobernar es educar”. Hoy, nada de eso: para quienes están en la cúspide del estado, el Poder Ejecutivo, el Gobierno, la función preferente del estado es simple y urgentemente: reprimir. Y ello no puede quedar sin consecuencias. 


EL DIRECTOR



 


Editorial de El Siglo, edición 1576 del 16 de septiembre de 2011
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> >*¿Fin, comienzo o nueva fase de la ?transición??*
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> >Cuando se instaló, en 1990, el primer gobierno de la Concertación, con
> > Patricio
> >Aylwin en La Moneda, se habló del inició de una ?transición a la democracia?
> >que sería ejemplar, etc., etc. No hubo tal, pues edificar una democracia
> >sobre los cimientos ideológicos e institucionales de una dictadura era y
> >será siempre una apuesta imposible.
> >
> >Los programas y promesas incumplidas, deberían convertirse con el tiempo en
> >gérmenes de descontento y rechazo a la coalición que por cuatro gobiernos
> >consecutivos administró el país.
> >
> >El modelo neoliberal impuesto por la dictadura no sólo fue mantenido, sino
> >que en muchos aspectos profundizado. Es cierto que hubo avances, que se
> >terminó aquella ?costumbre de matar? y algo ?bastante incompleto y plagado
> >de retrocesos y concesiones- se avanzó en materia de justicia y reparación
> >por las prácticas inhumanas de los agentes uniformados y civiles de la
> >dictadura. Pero nada de ello puede ser considerado suficiente: fiel al
> >sentido de fondo de la transición pactada, quedaban fuera del escenario
> >político las grandes masas trabajadoras, la prensa que heroicamente había
> >soportado el ?peso de la noche? para mantener en algo las esperanzas de una
> >civilidad perseguida y aplastada, los igualmente heroicos luchadores por los
> >derechos humanos y de los trabajadores, la izquierda que no había renegado
> >de sus convicciones y había sabido agregar a su arsenal político e
> >ideológico un argumento nuevo en nuestro escenario y que tanto la historia
> >de la humanidad como los más rigurosos sistemas teóricos avalaban como
> >legítimo y necesario: el derecho a la rebelión.
> >
> >No es el propósito de estas líneas retrazar el itinerario de las traiciones,
> >los desengaños y las frustraciones. Pero es que estamos ante un cuadro casi
> >?refundacional?, en el que la coalición que medió entre las administraciones
> >militar y civil de los intereses transnacionales y de la gran empresa
> >monopólica, aparecería en una franca descomposición o, al menos,
> >desintegración. Y a esto hay que buscarle algunas respuestas, aunque sean
> >provisorias, y sabiendo, además, que empresas como ésa requieren de un
> >amplio colectivo constituido precisa e irrenunciablemente por el conjunto
> >más amplio del pueblo. El drama que corroe a la Concertación, su
> >?contradicción vital?, parece arribada a una orilla sin retorno. Parece
> >lícito preguntarse si lo que sirvió como puente entre una dictadura y un
> >proyecto de restablecimiento democrático, al denotarse fracasado este
> >último, ha perdido no sólo legitimidad sino racionalidad y, hasta, aliento
> >vital. Y cabe preguntarse: ahora, ¿qué?
> >
> >Desde estas páginas se ha sostenido, y no sólo como un buen deseo, que un
> >próximo gobierno en Chile no será ni de la derecha ni de la Concertación.
> >Eso, porque ambas coaliciones han fracasado en tantos agentes de los grandes
> >cambios que la historia nos demanda. Algunos dirán, y no sin razón, que en
> >muchos casos el tal fracaso no es tal, sino más bien el confeso o inconfeso
> >propósito de mantener o ahondar las exclusiones sociales y políticas, las
> >injusticias y desigualdades, el imperio del garrote por sobre el respeto a
> >los ciudadanos. Y otro largo etcétera. Este nuevo gobierno, ?de nuevo tipo?,
> >debería ser la culminación de un proceso de convergencia en torno a un
> >programa presentado al pueblo y discutido con sus organizaciones, que tenga
> >como centro el poner fin a los procesos de privatización y predominio de un
> >mercado ciertamente ?ciego? pero a la vez omnipotente, para dar paso a un
> >estado comprometido con el desarrollo económico nacional y con las
> >necesidades y aspiraciones de las mayorías.
> >
> >Y, entonces, ¿qué es el aceptado fracaso o quiebre del bloque
> >concertacionista? ¿Es, para el conjunto del país y en particular los
> >sectores populares, bueno, esperanzador y positivo; o una suerte de trauma,
> >un ?fracaso? de los ideales ?transicionistas?, un retroceso ante la
> >hegemonía de una derecha pre conciliar y absolutista?
> >
> >La respuesta, a éstas y otras vitales interrogantes y disyuntivas, está, una
> >vez más, en manos del pueblo. De lo que hagan y planteen sus sectores más
> >representativos, que se movilizan hoy con una vitalidad hasta hace poco
> >insospechada. Protesta y propuesta, itinerarios y amplitud de las alianzas,
> >protagonismo que no esconde sus componentes ideológicos y políticos. No es
> >un terreno en donde puedan prosperar las semillas de la demagogia ni los
> >términos medios: ¡democracia ahora, justicia y verdad ahora! Eso es lo
> >cierto, ahora.
> >
> >Como también es cierto que aquello del Ave Fénix que se levanta desde sus
> >cenizas, si de la Concertación se trata, no sería otra cosa que un mito
> >hermoso.
> >
> >EL DIRECTOR

 

Editorial de El Siglo, edición Nº 1574 del 2 de septiembre de 2011

 

El choque de dos lógicas

 

Dice una “lógica”, la sustentada por el gobierno y el sector social que representa, que para llegar a acuerdo en cualquier materia es un requisito atenerse a las reglas del juego. Y que nada que vulnere las sacrosantas instituciones en las que se encarnan tales reglas del juego, puede ser tolerado.

¿Y si lo que está en juego son precisamente “las reglas del juego”?

Nada de extraño, en un caso así, que a la lógica conservadora se enfrente otra, de signo contestatario y renovador: aquella que sostiene que para llegar a un acuerdo, cualquiera sea la materia de que se trate, lo que hay que hacer es atender a razones. Dicho en palabras en boga, “el mérito de la causa”. De forma más simple, los intereses en juego, las aspiraciones de los unos y la resistencia de los otros, así como –condimento indispensable en cualquier análisis- “el poder de fuego” de cada uno de los contendientes.

“El relato”, se diría en términos longueiros; en otras palabras, la capacidad de comunicar, influir y moldear conciencias, en lo que juega un papel para nada despreciable la propiedad o dominio de los medios de comunicación.

Están en la retina de millones de chilenos las manifestaciones masivas que han marcado los últimos meses.

El punto culminante, ciertamente, ha sido el conflicto de la educación. Pero también han estado las grandes marchas y manifestaciones convocadas tanto para la defensa del medioambiente como por los derechos de los trabajadores, las reivindicaciones de las mujeres, de las minorías sexuales. Y un largo etcétera.

Tanta ha sido la fuerza de estas convocatorias, que al final sus “razones” han traspasado las fronteras de los que aparecen como directamente implicados, hasta hacerse “universales”. Y es que nadie puede no mirarse en el espejo de la educación.

En las próximas horas, se abrirán las puertas de La Moneda para que el propio jefe de estado presida un encuentro que puede ser crucial en el conflicto que enfrenta a una minoría con la conciencia de millones.

Los asuntos a tratar son, sin duda, complejos y de gran trascendencia. Y la pregunta que la mayoría se hace es si será desaprovechada la oportunidad de abordar a fondo los problemas que se iniciaron con la dictadura.

A la lógica autoritaria y blindada con un arsenal represivo que no se ha detenido ni en el umbral del asesinato de jóvenes y niños, se enfrentará la lógica de las razones de la mayoría.

La pregunta que todos se hacen es: ¿cuál lógica se impondrá? Se preguntan otros si es lícito, y razonable, esperar de un gobierno privatizador por antonomasia y solícito para atender las exigencias del gran empresariado, que cambie su rumbo y enfile hacia un papel responsable del estado como garante de una educación democrática en su acceso y contenidos.

Y si puede ser muy fundada tal desconfianza, no es menos fundada la confianza en las fuerzas propias de las mayorías para hacer avanzar su programa. Esto, porque nadie puede llamarse a engaño, ni escandalizarse por ello como se ha observado en personeros de la derecha: sí, efectivamente, los cientos de miles de chilenas y chilenos que han salido a las calles y están ejerciendo el sufragio universal del caceroleo, una institución sin designados ni binominales, tienen un programa claro. Quieren, por ejemplo, una Constitución Política distinta de arriba para abajo que la impuesta por Pinochet y que sólo fue “cosmetizada” bajo la Concertación.

Quieren salud amparada y financiada por el estado. Quieren un Código Laboral liberado de las doctrinas que impuso la misma dictadura para rebajar al máximo la capacidad negociadora y reivindicativa de los trabajadores. Quieren el fin de los abusos a los consumidores. Y el reconocimiento explícito de los derechos de todos y cada uno, con observancia irrestricta del respeto a la diversidad de condiciones y opciones sexuales. Quieren un medioambiente protegido. Y quieren que sus aspiraciones, sus opiniones y derechos sean escuchados y respetados al menos al mismo nivel que se reserva para los lobistas y los privilegiados.

Nadie se sorprenda si para hacer fracasar las conversaciones se echa mano una vez más a las descalificaciones, a la búsqueda de “influencias extrañas” en el movimiento por la educación, a un cierto “maximalismo” en las demandas de los estudiantes, los profesores y con ellos todos los que se saben y sienten comprometidos con su causa.

Y es que la justicia social y la democracia no pueden tener “términos medios”: se respeta y protege a los millones de chilenos hasta hoy dejados a la vera de los beneficios de un modelo que se dice exitoso, o simplemente se persiste en una política que jamás será aceptada por las mayorías.

Allí está el dilema.

EL DIRECTOR

                                         La cacerola nuestra de cada día

 

Ya las teníamos olvidadas, pero las cacerolas se toman otra vez los espacios, calles, esquinas, ventanas, el aire.

 

Atrás, muy atrás, aquellas herramientas caseras que enarbolaban con un asco imposible de disimular algunas señoras del barrio alto contra el gobierno de Salvador Allende, y que sacaron del ingenio popular la consigna mil veces repetida:

 

“Las ollas vacías

son chivas de la Cía”.

 

Y llegaron los años amargos y a ritmo de las conciencias que se levantaban por “paz, justicia y libertad”, una de las formas de lucha fueron las cacerolas, esta vez en manos del pueblo.

 

Al ritmo del “y va a caer”, reproducido en sus bocinas por los automovilistas, la gente, en barrios y poblaciones, celebraba el plebiscito de cada noche.

 

Y hoy vuelven a repicar las queridas cacerolas. Basta con un llamado o que alguien inicie el ruido ya familiar, para que comiencen a congregarse miles y miles en todo el país. Desde sus casas, con las ventanas muy abiertas, grupos de toda edad expresan su voluntad democrática. Entonan algunos el Himno Nacional, ritmado por sus cacerolas. Canta la mayoría el ya clásico

 

“Y va a caer, y va a caer

la educación de Pinochet”.

 

Valioso instrumento, que hace función de presentación y en cada esquina se forman nuevos lazos, se reconocen los que ya no son ajenos, se entabla la preciosa complicidad de los riesgos y esperanzas compartidos.

 

Y cada uno se pregunta: ¿cómo tendrán las orejas en La Moneda? ¿Le agradará el ruidito al señor ministro? ¿Les cambiamos la música, pero ustedes nos cambian la educación?

 

¡Plebiscito ahora!, exigen millones. Que no será vinculante, advierten algunos. ¿Es que puede haber algo más “vinculante” que la voz que levantan millones, que son auténtica mayoría? ¿Qué otra cosa sería, entonces, la democracia?

 

Y este delgado territorio que se aferra por sobrevivir al borde del mapa, y del que Violeta dijo que “limita al centro de la injusticia”, vuelve al centro de la noticia en todo el mundo.

 

Ya no son “Los 33”, ahora son los  millones, entre ellos los cientos de miles que marchan tras la convocatoria de las organizaciones de estudiantes y docentes. Y otra vez la ola solidaria, como cuando luchaba el pueblo contra el dictador, levantando barricadas y haciendo gala de un ingenio superior a la acción represiva.

 

Acción represiva que también se hace presente en nuestros días. Con infiltración policial y utilización de elementos ajenos a las masas movilizadas, derroche de “argumentos” como los lanza aguas y los gases lacrimógenos, amenazas, intentos de amedrentamiento, insultos y calumnias.

 

La ola va y sigue y crece, al ritmo de las consignas que abarcan la amplísima gama de las reivindicaciones nacionales. En ella caben todos, pese a la represión desatada en más de una esquina o plaza del país. Así como la quena y el charango fueron calificados por la dictadura como “instrumentos marxistas”, y su tenencia perseguida y sancionada, sólo falta ahora que las autoridades de turno hagan lo suyo con las cacerolas. A la noble tradición solidaria de “la olla común”, se incorpora el desafiante sonido de las nobles cacerolas que no pueden faltar en ninguna casa. Todas las formas de lucha…

 


 

Editorial de El Siglo, edición 1570 del 5 de agosto de 2011

 

La crisis es estructural

 

Se hallan movilizados estudiantes de todos los niveles de la educación, la pública y la privada; docentes de  varios estratos; trabajadores no docentes, padres y apoderados. Una oleada gigantesca, que recorre el país de extremo a extremo. ¿El objetivo?: liquidar –sí, así: “liquidar”- el modelo impuesto por la dictadura, diseño basado en el desprecio hacia los sectores populares, la búsqueda del lucro, el desestimiento por parte del estado de toda responsabilidad docente.

 

El resultado, hasta hoy, ha sido la confesión oficial, más o menos esbozada, de que la crisis es tal, y es profunda, es “estructural”.

 

Se agregan a ello las carencias en materia de reconstrucción, el manejo al menos liviano en materias medioambientales, la ninguna rectificación en lo concerniente a seguridad laboral –ello, a un año de la exhibición a esta altura desvergonzada del mensaje de “los 33”; el escándalo de un sistema de locomoción metropolitana en donde lo único nuevo son las tarifas en alza continua; las vacilaciones –es una forma de decirlo- en nombramientos de ministros y subsecretarios, con el consiguiente abuso del sistema de partidocracia en el que una cúpula suplanta a la voluntad popular, etc., etc.

 

La gente sale a la calle, cuestiona los símbolos del autoritarismo, se ríe y ridiculiza a los agentes del poder, se “empodera” –como se dice ahora. Los agentes del cambio –en lenguaje antiguo pero no perimido, como algunos quisieran- se manifiestan por todas partes, de manera espontánea, ruidosa y masiva.

 

El descontento se hace protesta, el reclamo asume la forma de programa. Ese es el cambio real, que ya se manifiesta y que cumplirá su ciclo hasta convertirse en poderosa corriente de transformaciones.

 

“La pelota”, como se diría en lenguaje futbolístico, estuvo en la cancha del gobierno, y éste respondió con mezquindad, haciendo fe de su incapacidad estructural para ponerse a la altura de los tiempos. Tiempos que ya, cada vez en mayor medida y a través de todo el mundo, dejan de ser “neoliberales”.

 

¿Por qué habría de ser un dogma el que la educación no puede funcionar sin un fuerte componente de propiedad, responsabilidad y tuición estatal? Es más: ¿por qué habría de aceptarse dogmas en ésta y otras materias que interesen y comprometan al conjunto de la sociedad?

 

Y sin embargo, sabe la pregunta: ¿es realista esperar de quienes lo diseñaron y se beneficiaron de él, una reforma a fondo, un cambio sustancial, al modelo educacional chileno? La pregunta puede parecer hasta insultante, pero la realidad es que no pueden los sectores más directamente involucrados, y por ello más representativos, tomar otro camino que el que lleva a la institucionalidad imperante: un ejecutivo elegido por el voto ciudadano; legítimo, por lo tanto; un parlamento que igualmente lo es, aunque hipotecado por su génesis dictatorial.

 

El ejecutivo, afectado además por un contundente rechazo evidenciado en cada encuesta de opinión: ni siquiera un tercio de la población le da su aprobación; un 60% lo rechaza explícitamente.

 

El parlamento, viciado en su génesis por el sistema binominal, compuesto por un porcentaje cada vez más vistoso de senadores y diputados designados…

 

No se cierra, continúa más bien, un ciclo de movilizaciones que se harán cada vez más masivas, inclusivas y radicales. Se revuelcan en sus mullidos sillones los caballeros de las industrias del dinero, los dueños y agentes de los monopolios, ofendidos ante la osadía de que se plantee una “reforma tributaria”. Y vuelan y revuelan los rebuscados argumentos que pretenden demostrar que cualquiera reforma tributaria sería inútil, e incluso perjudicial. Todo ello, en nombre de su conmovedora preocupación por “los pobres”, “los sectores desvalidos y deprimidos”.

 

EL DIRECTOR

 


Editorial de El Siglo, edición 1569 del 29 de julio 2011

 

De lo particular y lo general

 

Suele afirmarse que cuando no se poseen los suficientes datos o herramientas de tipo sociológico, se cae en la tentación de explicar las conductas individuales o colectivas por causas exclusivamente psicológicas. Esta reducción a lo particular, cuando no tiene a la vista “el contexto”, suele conducir a un camino sin salida, es decir, a la imposibilidad de una respuesta útil y valedera. O bien, no es otra cosa que un recurso al escamoteo, al fracaso de toda gestión esclarecedora. Naturalmente, cada uno es cada uno, y para conocer los motivos de ciertas conductas es indispensable inclinarse hacia quien las protagonizó, reconocer su carácter “único”, todo aquello que desde su identidad irrepetible aporta al conjunto humano y su repertorio de conductas.

 

Así nos lo dice la infinita variedad de la especie.

 

Sin embargo, como un elemento “ordenador” de las individualidades hay en la sociedad, y siempre ha sido así, rasgos comunes que cobijan a grandes o medianos conjuntos humanos. Son las identidades nacionales, las pertenencias de clase, la comunidad de creencias: la religión, por ejemplo, las ideologías.

 

Es cierto que las realidades nacionales y sociales se hacen cada vez más complejas; carácter distintivo, se dice, de las sociedades modernas o “postmodernas”.

 

No son sólo las abismantes diferencias de ingreso entre naciones y en su interior, y las condiciones de vida que ellas determinan.

 

Las transformaciones al interior de los países más desarrollados, obra del impresionante desarrollo de las fuerzas productivas, conlleva “distorsiones” tanto en las escalas etáreas –“exceso de viejos”- como en la escasez de mano de obra no calificada, para lo que se echa mano al abundante ejército de reserva de los países periféricos. Y las olas migratorias suelen llevar consigo, algo también inevitable, modificaciones tanto de los paisajes urbanos como de los modos y costumbres de las comunidades establecidas de largo tiempo.

 

Los “choques culturales”, los fenómenos de xenofobia, racismo declarado, intolerancias religiosa y cultural se dan en grado superior cuando las condiciones de vida de los sectores tradicionales se ven afectadas por las crisis recurrentes del capitalismo. Y cuando la mano de obra importada deja de ser imprescindible porque las condiciones de vida de las mayorías las fuerzan a asumir tareas que en períodos de prosperidad son  consideradas humillantes o degradantes, se despiertan los viejos demonios y se reeditan los pogroms que han recorrido la historia de la humanidad como muestras eminentes de los peores fanatismos.

 

Dicho esto, porque parece irrenunciable la relación a establecer entre la existencia de un partido político de corte ultra reaccionario, adornado de todos los signos ideológicos del nazismo, y el hecho individual, aislado, protagonizado por “un fanático”. Pues el dato es elocuente: la sociedad que incuba al ahora llamado “Monstruo de Oslo” es la misma que gratifica con un 25% de su votación a una de las formaciones políticas más siniestras de la Europa que el tal “monstruo” dice defender.

 

Algo de eso conocemos en Chile, y nuestra propia y trágica historia debiera incitarnos a mirar más allá de los árboles, allí donde se ocultan los Hornos de Lonquén, las mazmorras de Villa Baviera, los camarotes y cubierta de La Esmeralda, entre otros innumerables sitios ominosos. También entre nosotros se ha pretendido explicar como “excesos” o patologías individuales conductas inspiradas en ideologías de corte totalitario y servidoras de las desigualdades e injusticias sociales.

 

EL DIRECTOR


 

Editorial de El Siglo, edición 1568 del 22 de julio de 2011

 

Qué cambió con el gabinete

 

Curiosa forma la adoptada por el presidente de la república para resolver los problemas de su coalición de gobierno. Como en el ajuste anterior, acude a 2 senadores, uno de los cuales, igual que en la primera ocasión, se ha caracterizado por la rudeza de sus al menos “objeciones” a “la nueva forma de gobernar”. Es decir, y con otras palabras, para conjurar el peligro, Piñera lleva al enemigo a su casa.

 

Cuatro son hasta hoy los senadores que pasan al gabinete ministerial. En otros casos, los ajustes se dan “dentro” del equipo, mediante un simple cambio de sillas y lugares en la fotografía oficial, ceremonia que parecía más un juego de niños que algo tan serio como gobernar “con excelencia”.

 

Se habló de “enroques”, pero en rigor en los casos de Chadwick y Longueira era muy otra cosa. Un “enroque” se da cuando cambian sus lugares dos piezas del tablero ajedrecístico -el rey y una de sus torres- en una suerte de paso de ballet. Allí, el enroque puede ser “corto” o “largo”, según la distancia que separa al rey de la torre elegida para el ejercicio. Pero, todo ello sucede en un mismo tablero. Lo que ha hecho Piñera al secuestrar dos miembros de otro poder del estado para llevarlos a jugar en el suyo, no es un enroque por la simple razón de que, como queda dicho, se ha dado en tableros diferentes. De lo que se trata, simplemente, es de un escamoteo de la voluntad popular, ya dañada por el binominalismo, y una muestra más de la inconsistencia del sistema político que nos rige.

 

Pero, más allá de las formas, ¿qué revela este cambio? Porque los datos que más retiene la opinión pública –esa misma que castigó al primer mandatario con una severa advertencia en las últimas encuestas- son el discreto desplazamiento de Lavín –dio medio paso al lado-, el desembarco de Longueira y la permanencia de Hinzpeter.

 

Para detener la irresistible marea de movilizaciones multitudinarias que recorre el país, ¿bastará el recurso al más desenfrenado populismo, para lo que llega Longueira además de para establecer un contrapeso a Piñera y, por cierto, a Hinzpeter?

 

Con cierta ingenuidad -o tal vez sería mejor decir, hipocresía- se preguntan algunos próceres oficialistas por qué, siendo el suyo un gobierno tan exitoso –“los laureles” en los que no habría que dormirse de que habló recientemente Sebastián Piñera- se dan tantas movilizaciones y es tan negativa la mirada popular hacia su gobierno.

 

Las explicaciones las buscan en lugares tan apartados de la realidad como en la falta de “relato” (Longueira) o las carencias de una vocería. Pareciera que no ven ni oyen lo que está ocurriendo bajo sus ojos y oídos. Desprecian la inteligencia de quienes con cada vez mayor nitidez comprueban la realidad de las carencias; y distinguen en la propaganda impertinente que da por hecho todo lo prometido, el sentido disimulado tras “la letra chica”.

 

No han tomado conciencia de que el pasado que los llevó a La Moneda ya es eso: pasado, y que “pasado” más de un año de gobierno de la gran empresa se evaporaron los humos de la embriaguez y todo vuelve a su cauce normal: de un lado los ricos desvergonzadamente ricos, del otro los ya no sometidamente pobres. Y los del medio, la cacareada “clase media”, obligada por la fuerza de las evidencias a elegir su campo, y acercarse cada vez más a los que al igual que ellos “viven de sus manos”.

 

El recurso a la movilización se denota cada vez más tan necesario como legítimo. Hay un parlamento, es cierto, pero su ya dudosa legitimidad se hace aun más discutible al ritmo en que nuevos designados y designadas ingresan a las cámaras.

 

Tal vez, y por cierto sin estar del todo conciente ni haberlo querido, Sebastián Piñera haya hecho con esta última “movida” un cambio que va mucho más allá de su gabinete.

 

EL DIRECTOR

 



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Comisión de Relaciones Internacionales

Partido Comunista de Chile